8 nov. 2010

Soliloquio Vampírico

¡Ah! Cómo gotea la noche infecta en solitud,
con su lluvia de silencios y dudas.

Ya he golpeado, impaciente, dos veces la piedra,
ese mármol inerte que nace muro bordeando la silueta,
fantasmal y etérea de esta morada mía, cansada de tiempos muertos.

¿Hasta cuando he de ser alimento de las horas?

Pienso...

Bajar las escalinatas dejando un rastro de sangre,
devorada por la premura de una nocturnidad alevosa,
premeditada en el secuestrar de este orgullo maquiavélico,
que insaciable, delira mientras fragua, cruel, la escena perfecta.

¡Qué vibren las alas! Mucílagas, espesas. Un zumbido,
el eco macabro que ha de preceder a la muerte,
tu...mi consecuencia.

Rodillas en tierra, genuflexión, imploración a la vida,
que soy de ti el Purgatorio y en breve...averno,
¿Dónde tus ángeles que no te escuchan?

Cuan frágil te intuyo sin esa luz que te ha abandonado,
a la sombra de mis sombras permaneces gimiendo súplicas,
mientras mis labios, gélidos rubíes, te reptan, sierpe sedienta.

Te beso, voraz, con la templanza de quien se sabe soberbiamente inmortal,
con el placer orgasmándome dentro al percatarme poseedora de tu último aliento,
con mis marfiles níveos horadando tu garganta....
y tu cálida sangre penetrándome dentro.

¿Qué ruego clamarás implorante entonces?
Títere del cual hilos penden timoratos en mis dedos,
usurpadores de tu exhalación final, colofón que me endiosa,
dueña de ti...¿Has de llorar, mortal, lágrimas que no entiendo?

Negriairada ánima, la mía, irreal; no perdono,
porque la sed es arrebato y lujuria que me enciende,
flama incandescente enardecida en la insaciabilidad
de ese, tu líquido vital que confirma mi existencia.

¿Conmiseración? Musitas casi en oración,
más no es innato a mi instinto la virtud compasiva,
que soy diablo en la tierra, súcubo y voraz fiera,
hambrienta de ti y filo que degüella sin percibir pena.

¿A qué esos cristales salinos derramándose en tus ojos?
Aborrezco la faz de quien, cobarde, adolece de ser víctima,
nada hay que me conmueva, al contrario, me deleito,
éxtasis en cada escarlata gota tuya que me escurre por la boca.

En cada estertor, casi cadáver, que me ofrendas moribundo,
feneces, lento, mientras tu desangrar me eleva humo,
toco el cielo y deliro ¡Placer! Como quien degusta un manjar exquisito,
sed...tanta sed, que la eternidad queda reducida a un diminuto universo
donde jamás nadie podrá inundar el abismo infinito de mis desiertas arterias.

Inconmesurable la necesidad de revivir esta escena, noche a noche,
perfecta en su culminación, cuando al fin, tras el clímax que apacigua hambres,
el descanso invita a asaltar tálamos, negros de polvo y años,
para dormir, embriagada, mientras el alba difumina la nocturnidad que me acompaña.

Ahí quedas, carne, alimento para los cuervos,
entrañas obsequiadas a las alimañas que circunvolan mis lares,
osamenta, pasado mañana quebrada y con el devenir de los tiempos...nada.

Ahí, con tus enjugues de lamentos encharcando esa silueta difunta,
sin epitafio, ni tumba, sin voz...y mi ego satisfecho, perverso,
altivo y henchido de orgullo mientras mis labios se relamen,
mueca sublime para la dueña de gesto tan despiadado.

Curvaré las comisuras regalándote media sonrisa,
¿Qué menos y que más puedo darte cuando tu me has dado todo?
O casi todo, porque el silencio y la soledad ya eran viejos compañeros,
pero la sangre, ¡Ah!, eso merece al menos ese deje sonrisoelegante.

No sé, me digo a mí misma sin atinar a pensarme dentro mía,
¿A qué mutan plañidera cuándo la muerte asoma daga?
Ese hipar lloricoso, lacrimarisma que borbotonea en persistencia,
gimoteos plegaria desatados de amargura, hastiantes de tanto pulsar.

¿Acaso me conciben persignándome y en un acto de divina locura,
yo, diablo me transformo en luminaria para enternecerme y ser misericorde?
¿Qué sus maltrechas retinas en episodio final y antes de que caiga el telón,
me perfilan bondad, quizá en un gesto inconsciente, vislumbrándome rescate?

¿Dónde, cuándo, cómo la mano que asesina tendría el extraño don de salvar?
Instinto fecundo y promíscuo de hambre que peca, gustoso, de negra psicopatía,
pues no es sólo la sed la que bulle efervescente dentro en las venas pidiendo sangre,
sino ese gozo, el recrearse en cada uno de los instantes que preceden, conceden, posceden,
la interminable complacencia, deleite que supone ser dueño de vida y muerte.

El trance, obvio, mortalmente doloroso, se prevee en mi creatividad como escultura,
primero el esbozo, mental, conocedora del éxtasis que provoca ser quien porta cincel,
saberse aliada del pánico, amiga perpetua de la osadía que supone creerse un Dios,
propietaria de un alma que inocente o culpable será inmolada para alimentarme.

...y, sigo diciéndome a mi misma sino estaré desvariando de más,
justificar lo injustificable, tal vez todo este soliloquio que planea, ave,
en mi cabeza, no sea más que la duda razonable de quien alguna vez tuvo latido,
quizá resquicios de remordimientos o tan sólo la mano de la soledad acariciando mi cuerpo.

No es fácil acostumbrarse a ser témpano, mármol que levita noctívago,
sin más cobija que la niebla, las penumbras y el ulular de los búhos...
(©Scb)

Ya vienen los muertos


¡Aparta la venda, luz, que me ciegas!
Que están por venir las tinieblas,
la candela sin flama,
los que no son y ya llegan.

Sombras de mi dormitar,
formas sin forma,
éter murmurando ecos,
voz sin lengua.

Y han de tocarme y gemir,
un saludo al inóxpito aire,
mano cadáver en mi hombro,
un beso de buenas noches.

Y habremos de danzar a las doce,
con los huesos crujiendo y los pies descalzos,
sin carne, sin boca, sin ojos ni gestos,
tan sólo un estrecho abrazo.

Y subiremos a tocar las campanas
para que su son reparta el miedo
y un rumor quiebre el silencio:
¡Ya vienen los muertos!

Fallecidos, expirados ayer,
cuenta lustros de olvido,
con pincel oxidando los nombres
y cincel fracturando mármol,
arrullados por estatuas de ángel,
con abrigo de musgo y una capa de hiedra,
cicatriz en el rostro,
faz surcada en antaños
por el paso cansado de duelos y quebrantos.

Somos sombras, umbrías en pedazos
que sembramos lóbregas semillas
y recogemos llantos.
(©Scb)

Miradas que matan



Hay un arrugado belcebú al otro lado del muro,
afila garras, puntas escarpias,
viste muselina arácnida
y gotea baba...espuma infecta en gruta de rabia,
boca injuria, voz afrenta.

Hay un leviatán exaltado,
desatado, alado, osado,
vomitando agravios,
ira agusanada,
corcova encorvando la médula pútrida
de la sinrazón que furia erupciona.

Y hay un tragar palabras desde mi garganta,
un sentir al aire entrar con su calma hasta mi pulmón,
engendrar desprecio, aquí en mis entrañas
y regurgitarlo con mudo silencio,
soberbia horadando mis palmas
con uñas desdén, los puños cerrados.

Y hay pupilas que dañan,
retinas agujas, espejos del alma
que vierten cianuro...

Hay un demonio muerto al otro lado del muro. (©Scb)