19 jun. 2009

La Dama y el Muerto


Doblan campanas, tañen con pausa,
espacio en negro para quién ha muerto,
allá van los pasos, descalzos, la dama,
la mano que trémula acaricia el alma.

No temas, no llores, no enjugues el lago,
que bajo ese agua el lodo se pierde
y en la orilla triste, de la tumba rota,
mi aire respira por siempre a tu lado.

Nadie vino, nadie, nadie ha sollozado,
el ciprés, tan alto, sus ramas arrastra
para que la luna ignore que esperaste solo.

El musgo ya duerme sobre el frío marmol,
la hiedra comienza a engendrar raices,
la tierra despierta sobre tu mortaja
y allá en tu cruz, un cuervo, cabizbajo, grazna.

Pero no escurras, no tires tus lágrimas,
que sobre tu nombre borrado en olvido
queda mi figura, mi piedra, mi estátua,
con dedos que corren a darte la mano
y un beso templado, ¡Yo si te he llorado!

Ahora la noche arrasa colérica,
apaga el tañir con vientos airados,
crea nubes negras, grises y naranjas
y deja caer la última gota de un cielo encrespado.

No temas, no tiembles, no sufras,
no habrá soledad que se atreva a increpar,
no, no osará, porque yo estoy aquí,
y mientras mis ojos caigan sobre ti,
no habrá ese vacío, agujero, abismo
que tétrico y asesino aviva el desconsuelo.

Me quedo contigo,
susurros de espectro,
a la madrugada, un beso sangriento,
dos almas calladas,
mi mano en tu mano,
la rosa en la lápida
y abajo en la fosa,
la dama y el muerto. (©Scb)

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